La esperada [maldita] Nochevieja

Cada año estamos sometidos al mismo tipo de presión, un festejo incontrolable que, si bien es una de las noches más esperadas, ha terminado por convertirse en el agobio tradicional de las Navidades. La cuestión es encontrar al entorno apropiado en el sitio ideal según la edad que tenemos. Los más pequeños tienen la suerte de estar guiados por sus padres, y si éste año se va a casa de los abuelos, bienvenida sea ésta. Y los adultos suelen repetirse, cada año invitarán o serán invitados por los mismos matrimonios, padres de sus hijas, o fieles amigos de su etapa universitaria. Los jóvenes, en cambio… los jóvenes son otra historia.

Desde el mismísimo uno de diciembre empieza la lluvia (o búsqueda) de propuestas  con la venta de entradas de distintos locales, algunos antros, tengo que decir, que jamás hemos pisado en todo el año pero es que “éste año va todo el mundo, y se lía, tío, se lía”. Pero lo mejor se da en el precio. En Nochevieja, incomprensiblemente, los locales se transforman en el Château de Versailles, o básicamente te cobran lo mismo que te costaría montar una fiesta al estilo de El Gran Gatsby. ¿Qué clase de humor negro es éste? Estamos hablando del poder adquisitivo del estudiante, si pudiéramos comprarnos un Lamborghini no iríamos a esas discotecas, así que por favor, adaptémonos a las circunstancias y dejemos de tirar la “ventana por la casa” para poder entrar en una lata de sardinas que en cuyo interior, en vez de sardinas, hay seres ebrios y desbocados.

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Muchos tienen la sana costumbre de iniciar el acontecimiento solemnemente con sus respectivas familias, incluyendo las doce campanadas y las primeras felicitaciones recibiendo al nuevo año como a un nuevo miembro de la familia. Éstos tendrán la suerte de hacer el ridículo atragantándose con una de las doce uvas sin avergonzarse. Para los que somos más de empezar la celebración fuera de nuestras casas y no volver a ver a nuestros padres hasta el año siguiente (perdón), la polémica se inicia desde el “quién pone la casa éste año”, e inexplicablemente, siempre será el mismo amigo el que lo haga.

El caso es que cada año movemos tierra y mar para hallar cuál es la señora fiesta de la noche del 31 de diciembre para terminar haciendo el mismo plan, con la misma gente, en la misma discoteca, con la misma resaca el día 1 de enero, que termina en competencia por quién sube la foto más mainstream en Instagram al día siguiente. Porque en Nochevieja, todos formamos parte de la crème de la crème de nuestras ciudades. Cuando, al fin y al cabo, el mejor modo de celebrar que a la última cifra de las fecha le sumaremos un punto (porque por lo demás, y táchenme de insensible si quieren, no presencio cambio alguno) es en compañía de un buen Glenrothes e infinitos cigarros, sin foto, pero con señorío, y si se puede, con los colegas de siempre.

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Oh, blanca Navidad

El sol se apaga y mil y una luces de colores iluminan la ciudad. Las temperaturas han bajado en picado y quitamos el polvo a los abrigos y bufandas que llevaban descansando en nuestros armarios un año entero. Al fin podemos ponernos ese gorro que tanto nos favorece y esos guantes que nos dan ese toque más glamouroso. Estábamos esperando ansiosos que llegara la “época de la felicidad”, decidimos catalogar de agua pasada éste año que ha transcurrido, que para muchos de nosotros ha sido considerablemente espeso y algo duro, ahora tocan un par de semanas en las que dejamos que la alegría y el buen humor nos invadan, permitiendo que los demás se embadurnen de la misma actitud. “Vuelve a casa por Navidad”. Aquellos que se encuentran lejos de sus familias vuelven con las maletas cargadas de regalos que irán dando de forma progresiva a sus seres queridos, otros, quizá, se quedarán allí dónde están por motivos diversos, y celebrarán las fiestas con aquellos que tengan próximos y consideren familia, porque al fin y al cabo, por Navidad, todos somos parientes.

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Cada Navidad es distinta, por mucho que cuando hablemos de las ganas que tenemos de que llegue describiendo el panorama de nuestras casas; con la presencia de la abuela, los tíos, los primos, y las mesas a rebosar de polvorones y turrones (que llevaban en los supermercados desde hacía ya un par de meses) y ese tío abuelo tuyo que sólo ves por Nochebuena que te obliga a meterte un polvorón en la boca y decir “Pamplona”, nunca se repite el modo en el que celebramos las fiestas. Cada año es distinto, a veces nos parecerá que es mejor o peor, pero pocas  veces el recuerdo de la Navidad pasada nos parece algo turbio, y en caso de ser así, siempre hubo alguna fecha que consigue arrancarnos una sonrisa; quizá un regalo inesperado la mañana del 6 de enero, quizá una tarde en familia el 25 de Diciembre, o quizá una simple visita de alguien a quien apreciamos.

Hemos convertido la Navidad en nuestra oportunidad de ser felices, hasta los que dicen aborrecer la Navidad son felices durante esas fechas, el simple hecho de criticarla, o de poder tener familia a su alrededor que le escuche criticándola, les hace felices. Cuando éramos niños los días de alegría se iniciaban con la primera revista de regalos para escribir la carta a los Reyes Magos, de adolescentes lo que nos emocionaba era saber que esas fechas todos los familiares (en especial los abuelos) se volvían generosos y la paga recibida sería el inicio de una vida de ahorro (que al final financiaba la fiesta de Nochevieja y nos repetíamos la frase cada año), y ya de mayores, reunirse con toda la familia era el mejor regalo que podemos recibir. ¿Por qué no convertimos nuestra vida en una Navidad perpetua? Un 1 de Enero constante, como si cada día tuviéramos la oportunidad de cumplir nuestros propósitos, como si nos quedara aún todo el año por delante. Contemplar cada noche las maravillas de una ciudad que siempre está iluminada de un modo u otro, reunirnos frecuentemente con aquellas personas que nos damos cuenta que realmente queremos cuando nos juntamos estos días festivos, puede que así, comencemos a valorar lo que realmente tenemos y no le demos crédito sólo una vez al año.

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“Mas, cap a casa”

9 de Noviembre de 2014. Una fría mañana de otoño miles de catalanes que decidieron ajustar sus despertadores el día anterior a una hora que, por ser domingo, son merecedores del reconocimiento a la fuerza de voluntad por madrugar, se disponen a salir de sus casas con la papeleta en mano, imprimida y marcada desde hacía una semana. Largas colas enfrente de distintos colegios y espacios dónde los voluntarios del acontecimiento decidieron situar las urnas de cartón son y serán portada de casi todos los periódicos del país. Los titulares rezarán distintas palabras conforme a la ideología de cada uno de los medios de comunicación. Por un lado alegrías, emociones y llantos de ilusión por tratarse de un evento que hacía años que se estaba esperando (¿o no?), y por otro lado, títulos irónicos y/o poco serios que se limitarán describir el panorama en las ciudades de Girona, Barcelona, Tarragona y Lleida con aire absolutamente desinteresado y poco flamante.

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Y mientras el día transcurre minuto tras minuto, un asustado Rajoy permanece sentado en su despacho a la espera de noticias que le puedan parecer relevantes, pendiente de cada última hora, a la vez que un orgulloso Mas contempla su éxito como President, escuchando “la voluntat del poble” y cumpliendo ese derecho a decidir tan leído y tan oído estos últimos años de su legislatura. Eso sí, siempre con esa laguna, ese espacio oscuro en el que nadie se atreve a indagar por miedo a lo que pueda encontrar, generado por la duda de qué es exactamente ese referéndum (lanzándome a llamarlo así), qué tipo de repercusión tiene en realidad y cuál es el objetivo.

Si remontáramos al inicio de todo, ese 11 de Septiembre de 2012 en el que la Diada de Catalunya de modo alguno pasó a convertirse en el día oficial de reclamo de la independencia catalana, entenderíamos que esta fecha, escogida posteriormente, será el día en que los catalanes votarían por la Independencia, o bien se decidirían por la unidad española. Pero a estas alturas, en vista de los distintos acontecimientos en los que el Gobierno central por fin se decidió a intervenir e incluso el Tribunal Constitucional tomó la palabra, la convocatoria de un referéndum que sería ilegal podría tener devastadoras consecuencias. Con lo cual, el “honorisimo” señor Artur Mas empezó a temblar, y dándole una vuelta a las palabras, prefirió no retirar esa promesa del 9 de noviembre, manteniendo el continente y cambiando el contenido.

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Pero la pregunta que deberíamos plantearnos va más allá de lo que ha supuesto este periodo previo y el mismo 9 de Noviembre, y ésta es, ¿Y ahora qué? Sí, los resultados están ya documentados, un 80% de los votos indican que los catalanes sí quieren la independencia, un 80% de los 2 millones de votantes que había, teniendo en cuenta que en Cataluña la población es de unos 7 millones, con lo que supondría tan sólo un 32% de la población votante. Eso sí, Mas, con tono engreído, formulará su discurso pos-electoral afirmando que los catalanes quieren auto-gobernarse, sin percatarse siquiera de que los millones “restantes” de catalanes que no comparten sus palabras (y no por ello menos catalanes) lo único que desean es un fin a toda esta historia que se ha alargado más de la cuenta, un anhelo de paz y tranquilidad plasmado en la abstención de voto el día “más esperado”, y mientras expirarán fatigados: “Cap a casa, Mas, cap a casa…”

Y volver a reír

¿Te acuerdas de cuando éramos jóvenes? Mentes prematuras e insensatas, dispuestos a comernos el mundo y negligentes ante la posibilidad de que el mundo pudiera comernos. Teníamos ilusiones, días llenos de vida, aspiraciones y mil y un modos de arreglar la sociedad entre cerveza y cerveza, sin cansarnos de catalogarla como a una sociedad podrida y enferma. Éramos alegres, teníamos la piel tersa y los labios colorados. Posiblemente nos caíamos una y otra vez, y en muchas ocasiones no comprendíamos el pasado, pero siempre estábamos dispuestos a predecir el futuro, por mucho que jamás se cumpliera como esperábamos, sin embargo, nos parecía que todo iba mejor de lo que podíamos imaginar. Éramos espíritus libres, rosas recién podadas con los pétalos en su mayor esplendor. Nos enamorábamos una y otra vez, aunque en el fondo sabíamos quién era esa persona con la que queríamos estar, quién era el alma gemela con la que compartíamos un sinfín de gozos como tumbarnos en el monte, compartir el postre, andar por la playa cuando el sol viene de cara  y demás placeres cantados por Delafé y las Flores azules en “Río por no llorar”. Parecía que viviéramos en la estación veraniega eterna y nuestra mayor preocupación era quién iba a preparar el gazpacho o a qué hora iríamos a la playa. Siempre teníamos un motivo para no tirar la toalla, que si no surgía de nuestro interior, era obra de tu más fiel amigo. No teníamos miedo a equivocarnos, a reconocerlo, a pedir disculpas, porque eso suponía mejorar cada día un poco más. Actuábamos entre nosotros como los cimientos de una casa, que no se ven ni suponen la parte espléndida de ésta, no obstante, cuando éstos no están, la casa de desmorona. Éramos felices.

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¿Cuándo perdimos esas ganas de vivir? Me pregunto en qué momento nos convertimos en la imagen que plasma los versos de Rubén Darío: “Juventud, divino tesoro // Ya te vas para no volver // cuando quiero llorar, no lloro // y a veces lloro sin querer”. En algún instante de la vida, sin comerlo ni beberlo, el énfasis se desvaneció. Nos convertimos en personajes mediocres y acomodados, acostumbrándonos a soltar de vez en cuando un “es lo que hay”. Qué diría nuestro “yo” del pasado si nos viera en esas condiciones. Nos pareceríamos a uno de esos cientos de cigarros que fumamos en esos tiempos, pero ya consumidos y aplastados en el cenicero, como si nuestra función ya hubiera terminado. ¿Qué nos ha llevado a esto? Quizá una historia de amor en la que nadie come perdices, quizá la pérdida de uno de nuestros seres más queridos, quizá nada. Lo que está claro es que en un momento dado, la vida nos dio un porrazo de los que nos solía dar y ya no quisimos levantarnos. “Ésta vez no, estoy cansado. Mañana, quizá”. Y pospusimos ese mañana día tras día hasta permitir que la lluvia de esa derrota apagara la llama que llevábamos dentro.

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Puede que no sea tarde, a nuestra vida le quedan muchísimos días por llenar y posiblemente estemos a tiempo de darle la vuelta a nuestro mundo. Quizá hoy sea el día en el que debemos levantarnos y alzar la voz otra vez, que nos oigan en todos y cada uno de los rincones del universo. Quizá hoy sea el día que nos toca amanecer y deslumbrar cada esquina de nuestra vida que hasta ahora habíamos abandonado. Quitémonos el polvo, andemos bajo la lluvia y espabilemos. Esbocemos en nuestro rostro una sonrisa como las de antes, hacerlo al son de cualquier tema de Queen posiblemente nos dé razones de más para seguir avanzando. “La felicidad está dentro de uno, no al lado de nadie”, decía Marilyn Monroe, así que indaguemos en nuestro interior y volvamos a ser la causa de nuestro resurgir. Rejuvenecer de la noche a la mañana, nunca es tarde para volver a empezar, así que, como alguien dijo ya, hagamos de nuestra vida un espectáculo de leyenda.

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